Trastorno de la Conducta Alimentaria

En Faro, trabajamos un equipo de psicólogas/os, nutricionistas y psiquiatra con una amplia experiencia en el tratamiento de los trastornos de la conducta alimentaria. Nuestra experiencia se extiende más allá del ámbito de la consulta privada, ya que hemos colaborado con instituciones públicas y ONGs dedicadas a la atención de los T.C.A. (Hospital Universitario Niño Jesús, Hospital Santa Cristina, Asociación Adaner, Universidad Autónoma de Madrid…). También hemos formado a psicólogos y nutricionistas en este ámbito (alumnos de Practicum de Psicología y Nutrición de UAM, UCM, Alfonso X El Sabio, Obertá de Catalunya y Colegio Oficial de Psicólogos, Universidad Internacional de Valencia).

Si tienes o sospechas tener un T.C.A. o eres un familiar y/o pareja de alguien que lo tiene, puedes acudir a nuestro centro a informarte, te asesoramos acerca de lo que puedes hacer. También puedes consultar este espacio de nuestra web para aprender más sobre el tema.

¿Qué es un
T.C.A.?

El Trastorno de la Conducta Alimentaria (T.C.A.) es un problema de origen psicológico y emocional que acaba desembocando en una actitud de rechazo hacia el propio cuerpo y una conducta determinada hacia la comida. Es un problema que suele aparecer en la adolescencia o edad adulta y tiene un proceso de tratamiento largo porque es complejo y tiene muchas causas y variables implicadas.

¿Qué es “comer emocional”?

El “comer emocional” consiste en la instrumentalización de la comida, más allá de la función biológica de nutrir o el disfrute asociado, para conseguir la autorregulación emocional, es decir, la persona gestiona sus emociones a través de la comida y/o el control del peso. Este control puede ser a través de la restricción alimentaria, el atracón, el vómito, el uso de laxantes o diuréticos y/o el ejercicio compulsivo.

Existen distintos
tipos de TCA

Una persona con Anorexia restringe su alimentación con el fin de tener un control sobre el propio peso. Puede tener insatisfacción con su imagen corporal y, en ocasiones, se percibe de forma distorsionada. El origen de la Anorexia es emocional ya que a través del control alimentario y del peso, la persona intenta reducir su sufrimiento psíquico y/o su ansiedad.

La persona con Bulimia tiene momentos o períodos de atracones alimentarios que después trata de compensar vomitando, consumiendo fármacos laxantes y/o diuréticos y/o haciendo ejercicio de forma compulsiva. El origen de este trastorno es emocional, la persona intenta autorregularse emocionalmente a través de los atracones o la compensación posterior.

Cuando una persona tiene un Trastorno por Atracón tiende a anestesiarse emocionalmente a través de la comida, normalmente, no tiene conductas compensatorias y, en ocasiones, no hay un malestar con la imagen corporal previos al problema.

En la Ortorexia, la persona tiene obsesión por realizar una alimentación sana pero llevado a un extremo y con mucha rígidez, llegando a limitar mucho su vida. Como otros trastornos de alimentación, debe abordarse desde un enfoque psicológico aunque, en ocasiones, requerirá también de acompañamiento nutricional.

La persona con Vigorexia siente obsesión por su imagen corporal, percibiéndose con poca masa muscular. También tiene preocupación por su alimentación en el sentido de buscar una dieta que le lleve a aumentar el músculo. También tiene un origen emocional y debe abordarse desde ahí.

Preguntas frecuentes

En muchas ocasiones el abordaje de un T.C.A. es  multidisciplinar, ya que está comprobado que es más eficaz si la persona está acompañada de varios profesionales coordinados en su proceso. En nuestro centro, valoramos cada caso, y recomendamos en función del mismo si la intervención debe ser con uno o varios de los siguientes profesionales:

  • Psicólogo/a: Si acudes a nuestro centro porque tienes un trastorno de la conducta alimentaria, el psicólogo/a es la persona que más te va a acompañar en tu proceso. Cada semana, en las sesiones de terapia mirarás diferentes aspectos psicológicos y emocionales que están en la base de tu problema. La terapia individual es imprescindible.
  • Nutricionista: El acompañamiento nutricional es básico porque deberás re-aprender hábitos saludables de alimentación y ejercicio físico, romper con mitos y errores de información nutricional y aprender a hacerte cargo de tu alimentación. Tu nutricionista (y/o el psiquiatra) valorará si es necesario que te hagas determinadas pruebas físicas (analítica, citología…) y te recomendará el ingreso si hay un riesgo vital elevado (desnutrición grave y/o frecuencia alta de vómito).
  • Psiquiatra: En ocasiones, el psicólogo/a o la nutricionista valorarán que acudas al psiquiatra para tratar otros síntomas que también puedes tener asociados a este problema: ansiedad, depresión, insomnio, impulsividad…con fármacos*. Nunca te recomendaremos que solo utilices fármacos para tratar tu problema, estos son una ayuda para un momento puntual pero no la base del tratamiento.

La terapia va a ser fundamental en tu proceso de recuperación, porque en este espacio empezarás a escucharte y a poner nombre a lo que te ocurre. Comprenderás que tu rechazo al cuerpo y a la comida es más complejo de lo que pensabas (o pensaban las personas que te rodean) y va más allá de una cuestión estética.

Aprenderás que tus síntomas (dejar de comer, atracarte, purgarte….) tienen una función. Algunos ejemplos:

  • “Como cuando me siento vacío/a y necesito cariño”.
  • “Vomito cuando no se decir que no y me da rabia, he tragado más de lo que aguanto”.
  • Controlo la comida porque me dejo invadir, no pongo límites a los demás.
  • Intento controlar mi cuerpo porque siento que no controlo mi vida.
  • Como porque no sé afrontar los problemas, las vivencias o las emociones, me anestesio.
  • Al estar “enfermo/a” la atención de mi familia se vuelca en mí y no se abordan otros problemas graves dentro del contexto o la dinámica familiar.
  • Como y/o vómito para evitar el conflicto con alguien (me trago el malestar).
  • Mi delgadez o sobrepeso me protegen de mis formas femeninas y así evito la posibilidad de enfrentarme a mi sexualidad.

En terapia vas a aprender el lenguaje de las emociones, a conectarte contigo mismo/a, escucharte, distinguir y detectar lo que te  ocurre, entender, asociar ideas y experiencias de tu vida, reconocer y sanar tus heridas relacionales. Todo esto lleva tiempo, por tanto, requiere de paciencia, constancia y compromiso. Es un viaje “hacia dentro”, aunque no está exento de dificultades. Si no desesperas en el camino, comenzarás a comprenderte para empezar a respetarte. No vas a estar solo/a, tu terapeuta estará acompañándote en ese viaje.

En muchas ocasiones, los T.C.A. están relacionados con una falta de espacio personal.  Aunque no te hayas dado cuenta, has estado invadida/o en muchos aspectos: control de lo que haces, chantaje emocional, sexualmente, diciéndote como debes sentirte, a veces incluso, en el aspecto material… hasta el punto de creer que lo que piensan los demás es lo correcto y llegas a sentir que lo haces todo mal, no sabes ni quien eres, y cada cosa que te dicen te afecta enormemente.

La contradicción que sientes es que no solo te ocurre con gente de fuera, sino que también con los tuyos, con los que más quieres, y crees que si les pones límites les fallas, les defraudas. La única escapatoria/anestesia parece que es la comida o el vómito, como desahogo de este caos interno.  El CUERPO, a menudo se convierte en el único reducto de intimidad que nos queda, donde “solo yo puedo manipularlo”.

El proceso de la terapia te ayudará a construir, reforzar, y delimitar ese espacio personal, donde tú y solo tú decides, te ordenas, te paras a pensar, sin juzgarte, reconociendo tus necesidades y deseos.

Aprenderás a escucharte, a convertir tu angustia y ansiedad en emociones como la tristeza, la rabia, el miedo… e identificarás lo que te sienta mal y te tratarás con cuidado y cariño.

Vivencias de personas con TCA y familiares

«Sin saber muy bien porqué allí estaba, en mi primera consulta con el psicólogo. Mis padres me esperaban fuera igual que lo harían durante los tres o casi cuatro años siguientes. Bueno, igual no, porque con el tiempo esa consulta se convertiría en un lugar de tranquilidad y de aprendizaje y no algo extraño e impactante como esa primera vez.
Hasta ese momento no era consciente de todo lo que me estaba pasando y muchísimo menos de todo lo que me llevó a caer ahí, en un trastorno de la conducta alimentaria. Lo único que sabes en ese momento es que la gente te está empezando a ver más delgada o como
Muchos decían “estás más guapa con este cambio típico de la adolescencia”. Pero en casa papá, mamá y mi hermano veían más allá que “una chica que había adelgazado” y es que me estaba destrozando por fuera al mismo tiempo que lo hacía por dentro.
Pasa tiempo hasta que tú misma ves que no puedes seguir así porque estás perdiendo a la gente de tu entorno pero es que también te estás perdiendo a ti. He de decir que en mi caso ese paso de reconocer el punto en el que estaba lo di pronto porque desde un inicio yo sabía que algo no iba bien y que necesitaba cambiar, otra cosa es que ese cambio lo quisiera dar o fuese rápido de hacer.
Consulta tras consulta te das cuenta de que esa nube negra (es mi forma de llamar a mí trastorno) está anclada a ti por muchos puntos, muchísimos y que por tanto será un proceso largo hasta conseguir que se esfume por completo. Empiezas entonces a trabajar sobre aspectos de tú pasado, aspectos que en ocasiones eran externos a ti pero que han dejado secuelas. Comienzas a experimentar emociones, a darles voz y a dejarles un hueco dentro de ti. Es decir, empiezas a conocer quién eres y por qué sientes determinadas cosas en algunos momentos. Empiezas a observarte sin juzgarte, dejando que el miedo esté ahí para decirte algo y no para paralizarte.
A veces resulta chocante hablar con tu “yo” del pasado pero es la única manera de tapar todas la heridas que le quedaron abiertas a esa niña de 7 años que sólo quería comer una galleta más aunque ya se hubiese comido dos en esa comida familiar. Porque conseguir que dentro de ti aparezca una voz que calma, alivia, ayuda y que no deja que la nube negra lo destruya todo es muy costoso, pero cuando se consigue hay algo que empieza a cambiar. Ya no convives sólo con esa voz maligna que te restringe y que actúa desde el dolor, sino que ahora también vives con esa otra voz que calma. Son como tú ángel y tú demonio, no se ponen de acuerdo y muchas veces se entorpecen, otras veces gana el ángel pero otras muchas sigue ganando el demonio. Y es aquí cuando comienza una lucha interna diaria entre lo que tú ángel te dice que deberías hacer y lo que tú demonio termina haciendo. Es verdad que llegados a este punto ha habido un avance, has conseguido despertar esa parte de ti que te ayuda o que, por lo menos, comienza a hacerlo. Pero es que el demonio no se ha ido y esto supone un enfrentamiento diario entre ambos que cansa, cansa mucho, es agotador.
Y así van pasando los días, con altibajos, muchos altibajos, con semanas buenas y semanas o incluso meses malos.
Ahora que lo veo desde fuera todo ese tiempo estás metida en una cúpula que en ocasiones te asfixia, pero de la que nunca quieres deshacerte porque llegó para refugiarte, porque el trastorno no es más que una forma de “autoprotegerte” (aunque suene contradictorio) porque restringiendo comida o matándote a deporte consigues que todas las grietas abiertas en el pasado se vayan cerrando y eso, aparentemente y desde dentro del trastorno, resulta satisfactorio, por eso hay tanta resistencia al cambio. La clave para mí fue entender que la comida y el deporte fueron mi vía para “solucionar” o al menos tapar esos problemas, pero que existen otras muchas vías para abordarlos.
Siguió pasando tiempo porque aún con estos avances y aún empezando a entender las cosas y a ser consciente de lo que me pasaba, quedaba mucho ya que algo que empezó en tú “yo” de 5/6 años no se puede cambiar tan rápido.
Así, con estos avances me mantuve bastante tiempo, parecía incluso que me había estancado y había días en los que pensaba que no podía avanzar más, que no me recuperaría porque aún quedaban otros muchos pasos que dar pero que veía imposible llegar a ellos. Sin embargo, es como todo, hay que dejar tiempo, bueno, tiempo y sobretodo seguir trabajando y esforzándote porque es costoso y agotador salir pero se sale y se sale habiendo aprendido muchas cosas y sobretodo con un sentimiento de satisfacción muy grande. Porque el trastorno no dura toda la vida, la parte del trastorno que te destroza y te hunde se va, lo que se queda es la parte que te hizo ser más fuerte, se queda el recuerdo de todas las veces que volviste llorando a casa del psicólogo o del nutricionista porque sabías que te estabas haciendo daño, porque llorando demostrabas que seguías viva, que el dolor que te estabas causando era insoportable y que por ello querías cambiar.
Realmente no hay un día en el que todo haga “click” y de pronto se acabó el trastorno, es algo progresivo, es una etapa. Es la última etapa, una etapa en la que te das cuenta de que disfrutas saliendo a comer fuera y te sigues viendo igual frente al espejo, es una etapa en la que te disfrutas a ti por encima de todo porque te permites, no te juzgas y te aceptas, es una etapa en la que quizá haya más días malos que buenos pero tú ya sabes cómo afrontarlos y te sientes bien y en calma con todo lo que sientes, tanto si es bueno como si no lo es. Y ahora son estos avances los que se repiten día tras día porque ya ves la luz. Y es ahora cuando toca echar la vista atrás y ver todo el camino que has recorrido, es ahora cuando toca recoger todo lo bueno que te ha dejado esta etapa aunque al principio parece que no tenga nada de bueno. Ahora te toca a ti coger las riendas de tus decisiones y de tus acciones con la tranquilidad de que confías en ti y sabes que lo harás bien y que no necesitarás depender de ningún trastorno para calmar situaciones que te alteran y te producen malestar. Y repito que no es fácil pero se sale.
Por último, me gustaría añadir que para abordar todo este largo y costoso pero gratificante camino es necesario contar con ayuda profesional por parte de psicólogos y nutricionistas. Y, sin desvincular el mérito y labor profesional que desempeñan, son personas que están ahí para entenderte, acercarse a ti y sobretodo para acompañarte con su lado más humano. En mi caso fueron Isabel, mi psicóloga y Judit mi nutricionista a las que sólo les tengo cosas que agradecer, porque podía salir de consulta más contenta o más triste, pero siempre agradecida y con un aprendizaje que espero que se quede en mí para siempre.
Gracias Isabel y gracias Judit, os quedáis en una parte de mí que siempre me acompañará.»
«Gracias, Gracias, Gracias por haberme acompañado, tengo tanto que agradecer que no puedo escribir mis sentimientos sin poner nombre propio:
A ti Judit por hacer que la comida, que tantos disgustos dio, sea un encuentro agradable, del que todos en familia sí la disfrutamos. Gracias Isabel porque has conseguido que estemos más unidos y más cercanos en la familia, y seamos nosotros mismos. Cristina, gracias por enseñarme a encontrar mi Espacio. Y a mi hija por ejemplo de superación y esfuerzo.
Cuando empiezas a darte cuenta que algo pasa, y no eres capaz de saber qué es, intentas justificar comportamientos, quizás porque entra la etapa de la adolescencia, aún sin haber llegado, piensas que tu niña , está creciendo y está aprendiendo a comer… porque dejan de interesarle las “chuches” , los dulces… y desde la ignorancia miras a otro lado, pero cuando te alerta el físico, esa mirada triste, y la convivencia en casa se hace insostenible, te paras a pensar y sin casi darte cuenta y sin querer verlo estamos ante un TCA, del que de lejos hemos oído hablar y que asusta, pero no está tan lejos, está con nosotros, vive con nosotros y pocos de verdad lo conocemos. Piensas que la solución está por comer, mejor dicho por dar de comer, porque como madre tenemos innato el alimentar, y si mi hija come todo está bien, pero detrás de todo ello hay un mundo que desconocemos, que sin querer hemos ido alimentando, y ahora te sientes culpable por no haber actuado antes, te lamentas de lo que en algún momento dijiste, y a tu alrededor todo se vuelve gris, la familia sufre y todo parece derrumbarse, noches sin dormir intentando buscar la mejor solución y la más rápida. Y te das cuenta que solos no somos fuertes, que hay que pedir ayuda. Qué momentos tan duros!. Y te haces tantas preguntas sin respuesta, “ ¿cómo a mi hija le pasa esto?; ¿por qué a ella?”, sólo quieres cerrar los ojos y abrirlos y que nada de lo que está ocurriendo haya sucedido.
Pero, calma…, hay que ser valiente y pedir ayuda y en mi caso esta ayuda la encontré en un equipo de profesionales que tienen un lado humano envidiable, y que contagia. FARO representa luz y te tiende la mano para recorrer juntos el camino. Un camino largo sí, pero que comienzas a dar pasos cortos pero seguros. Día a día avanzando y a veces retrocediendo, pero nunca vuelves al punto de partida, siempre avanzas.
He aprendido que hay que caminar acompañados, que nadie es culpable de nada, hay que buscar en nuestro interior, entendernos y entender. Y un día y sin darte cuenta ves el final del camino y cruzando la meta, agradeces el estar ahí, no piensas en los días, meses, e incluso años pasados, porque has recuperado y con creces todo aquello que tiempo atrás creías haber perdido, y lo más importante sales fortalecido, todos hemos salido fortalecidos.»
«Aprendizajes tras 5 años de tratamiento:
–Capacidad de delegar una parte de mi vida a una profesional que se ha ganado mi confianza. La carga compartida permite sobrellevar la cabeza, descargarla, en los momentos en que ésta es sólo un enemigo.
–Relativizar el número de la báscula en favor de los avances logrados en otros aspectos. Saber que sentirme más sana, ágil, vital es igual o más importante que verme bien. Verme bien pasa por saberme mirar bien.
–Darme cuenta de la importancia del momento y las circunstancias personales
Entender la nutrición no como una dieta temporal, sino como una forma de vida. Como algo que realmente quiero mantener en el tiempo (y sobre lo que me gustaría seguir aprendiendo).
–Encontrarme en el camino de entender que las malas decisiones alimentarias muchas veces se toman por desconocimiento: en mi casa ha ocurrido siempre, pero cambiar mi enfoque me permite reducir la frustración y el enfado. Darme cuenta de la relevancia que esto ha tenido en mi relación con la comida, libera en parte mis culpas, y me da la seguridad que está en mi poder mejorarla.
Tener la esperanza de poder afrontar las decisiones futuras con menos miedo.
–Ahora sé que muchos alimentos se suponía que no me gustaban por haber sido obligada a tomarlas, por no haberme dado siquiera la opción, por haberme dado mensajes erróneos o simplemente porque los gustos cambian y las personas evolucionan.
–He recuperado aquello que de niña valoraban de mí, probar de todo antes de juzgarlo. Me permite eliminar la creencia de que soy la rara de la familia, la que no come de nada, con la que hay que tener cuidado…y darme cuenta que ni mi relación es tan mala ni la suya tan buena.
–He ganado mi identidad, y con ella confianza. Al margen de no sentirme ahora en un cuerpo que más a gusto me hace sentir, he dejado de sentirme tan perdida.
–Construir un entorno sano, un espacio donde me siento satisfecha con mis decisiones. Una vez ha dependido de mi lo que entraba en casa, sentirme orgullosa entre las opciones que puedo elegir.
–Ser capaz de asimilar que quizá en un futuro pueda necesitar ayuda en otros aspectos, plantearlo y descubrir que puede ser razonable, pero también afrontar el empezar a caminar sola.»
«Cuando te das cuenta de que algo ocurre, todo ha empezado mucho antes. Desde ese momento solo queda estar unidos y remar en la misma dirección.
Sin entender nada, tú crees que con unas pocas palabras y algo de tiempo vas a conseguir que tu hermana cierre un capítulo de su vida que lleva escribiéndose muchísimo antes de lo que tu piensas.
Al principio eso no lo sabes y piensas que tú hermana simplemente necesita un poco de apoyo y unos consejos, y tú, creyendo que lo estás haciendo bien intentas que coma algo más o le dices que no pasa nada por tomarse una galleta de vez en cuando.
En este sentido, solo puedo dar las gracias a mi hermana por mostrarme sus sentimientos y tratar de explicarme de la mejor manera posible algo que ella todavía estaba intentando comprender.
Cuando tú hermana se abre a ti de esa manera, piensas que quizás no has sido perfecto, pero sobre todo piensas que tu hermana es la persona más valiente del mundo y que tú no tienes el valor para decirle lo importante que ha sido y es para ti.
Porque creo que la mayoría de las veces la mejor ayuda que puedes dar como hermano es mostrar todo tu cariño, darle el abrazo que no te has atrevido a dar o decirle que la quieres.
En muchas ocasiones, sin saber muy bien porqué, te sientes culpable y te replanteas si tu forma de actuar o ciertos comentarios pasados han contribuido a esa situación. Pero en esos momentos, es tu hermana la que te quita esa idea de la cabeza y te hace entender que lo que necesita es que estés a su lado, apoyándola.
Durante todo este tiempo, he sentido que mi hermana crecía y maduraba a pasos agigantados, he visto como mi hermana pequeña se hacía mayor. Con su actitud, me ha dado una lección constante sobre cómo sobreponerse a cualquier situación.on su actitud, me ha dado una lección constante sobre cómo sobreponerse a cualquier situación.
Por todo ello, solo puedo te puedo dar las gracias hermana.
Porque me has demostrado que puedes con todo y ese espíritu nos lo has contagiado a todos los que estamos a tu alrededor. Con tu forma de ser y de pensar, has convertido todo este tiempo en un aprendizaje que se me quedará grabado para siempre y que, sin duda, me ayudará en el resto de mi vida.»
«Como una mujer que lleva años lidiando con los atracones, el vertiginoso mundo de las dietas desde preadolescente, y unas expectativas muy perfeccionistas en mi mente, pero que, afortunadamente, no se suelen cumplir en la realidad, mi experiencia como paciente de mi nutricionista es la siguiente:
Comencé a plantearme la posibilidad de ir a una nutricionista llevada por la desesperanza, arrastrando un largo historial de grandes cambios de peso y de imagen, y frustrada porque lo que me había funcionado en determinadas ocasiones, (que no era sino la restricción absoluta, ejercicio extenuante, y mucho control, con todo el dolor que ello conlleva bajo la falsa idea de que así me sentiría mejor), en ese momento no me estaba funcionando.
Acudí en busca de otra solución que me permitiera continuar en este adictivo ciclo y en esta constante búsqueda de un peso que se me escapaba de las manos, buscando arreglar un aspecto de mi vida en el cual había perdido el control, ya que cada frustración la pagaba con la comida, bien consumiendo en exceso, bien privándome de absolutamente cualquier cosa que no entrara en mi escueta lista de alimentos permitidos.
Cuál ha sido mi sorpresa a lo largo de este tiempo al constatar que no he cumplido absolutamente nada de lo que tenía en mente cuando me planté por primera vez en consulta, muerta de vergüenza. Y cómo me alegro, haber cumplido lo que tenía en mente significaría haber continuado este terrible ciclo. Y puedo decir que, si bien no he salido del todo de esto, al menos sí he roto con gran parte de lo que más sufrimiento me provocaba.
Podría resumir en una lista las cosas que he aprendido con mi nutricionista, y sería algo así:
Olvidarme del peso, focalizarme más en mi salud, comer más despacio y de forma más consciente
Entender, reducir y suavizar los atracones, o al menos tener alternativas más saludables
La importancia de la organización y flexibilidad, escuchar más mi cuerpo
La inevitable influencia del entorno, el contexto, y la flexibilidad para llevarlo a cabo
Hacer deporte como una forma de disfrute, de conectar con mi cuerpo, no como una obligación
Hacer una compra más sensata, disponer de más recetas saludables e introducir alimentos nuevos
Podría extenderme detalladamente en cada punto, e incluso atreverme a pensar que con esto convencería a alguien a pedir ayuda, pero entonces este texto seguiría siendo otro folleto más de los “beneficios de asistir a un profesional sanitario”, y no es mi cometido.
Quizá lo más personal que puedo transmitir en esta carta es que gran parte del dolor que se siente encerrada en este ciclo, si no se va del todo, disminuye mucho, y que la soledad deja de ser una constante. Que este viaje que se hace desde que te rindes, bajas a la tierra y te das cuenta de que hay que mirarse a una misma y pedir ayuda, es descubrir que no estás sola, que hay maneras mucho menos dañinas e incluso amables de tratar a tu cuerpo, y entender que podía sentirme bien y saludable independientemente de mi peso.
Sentirme bien sin tener tanto en cuenta mi peso es algo que me parecía imposible antes, y me sigue pareciendo desconcertante. Pero lo cierto es que aún en mi peso más bajo, del cual me da vértigo acordarme, seguía sintiendo exactamente la misma tristeza y desesperanza, por tanto y como digo, afortunadamente el peso no era la solución.
Y esa solución, si es que la hay, puedes descubrirla acompañada, con mucha paciencia, y dando un gran salto de confianza. Porque hay alternativas, hay otras formas, y así lo descubro cada vez que acudo con un problema distinto, con cada dificultad, siempre hay una alternativa.
Y que es un camino que comienza con un paso, y que algunas personas tardamos más tiempo en hacerlo que otras, somos más cabezonas o estamos más aferradas a nuestros antiguos hábitos, que damos los pasos con precaución, pero siempre acompañadas, y que cada vez que pasa un poco de tiempo, duele menos.»
«Por supuesto que se consigue…… se puede salir de la situación en la que nos vimos inmersos (TCA) y que sin saber por qué, nos tocó vivir.
Nos hicimos mil preguntas, rebobinamos nuestra vida para ver donde habíamos fallado, nos culpabilizamos de hechos pasados que ya no tenían vuelta atrás, pero ya no podíamos obviar lo que teníamos entre nosotros, sí, entre nosotros, porque lo lleva dentro una persona, mi hija, pero lo teníamos que solucionar entre todos.
Todo fue caótico al principio, pero poco a poco y con la inestimable ayuda de “Faro” con sus diferentes profesionales (gracias en particular a Isabel, Judith y también a Cristina) fuimos encauzando la nueva situación que había venido, en principio para quedarse, por lo menos así nos lo planteamos. No quisimos poner fechas a algo que había tardado mucho tiempo en forjarse y como bien nos dijo Isabel en la primera consulta, no se me olvidará en la vida, “no podemos solucionar en un día lo que se lleva forjándose mucho tiempo”, nuestra pregunta fue inmediata, ¿pero tiene solución? y con su profesionalidad y serenidad nos confirmó que sí, que de esta situación se salía, no dudamos ni un momento de sus palabras y empezamos a recorrer juntos un camino duro y largo.
El TCA era la consecuencia de mil situaciones vividas durante mucho tiempo y que sin darnos cuenta habían inducido a nuestra hija tomar un camino que ni ella sabía por qué lo había tomado.
Solo tengo palabras de elogio, sobre todo a nuestra hija, que tuvo el valor de contarnos como poco a poco y después mucho tiempo había llegado a esa situación que nadie hubiese deseado, pero que en ese momento era una realidad y le estaba haciendo sufrir enormemente, primero por entender por qué le había ocurrido a ella y segundo por querer buscar una solución lo antes posible y evitarnos preocupaciones.
Nos ha dado una lección de vida, de lucha diaria, afrontado una situación que es muy difícil de entender desde fuera, pero que ha sabido en todo momento transmitirnos lo que sentía y no era nada fácil.
Estas situaciones nadie las desea ni se buscan, por ello no vale la pena buscar responsables, pero la única manera de conseguir salir de esta situación era con ayuda de toda la familia, por supuesto Isabel y Judith forman parte ya de ella.
Muy importante también fue mi mujer que con todo su apoyo, perseverancia, dedicación y preocupación nos ha guiado por el camino correcto buscando soluciones en cada momento, no sin angustia ni disgustos, anticipándose como siempre a los acontecimientos intentando poner remedio cuanto antes, con el objetivo clarísimo de lo que teníamos que conseguir.
Gracias a mi hijo, que supo adaptarse a una situación difícil y ayudarnos en todo lo que le pedimos, a veces siendo nuestra voz para dirigirse a su hermana contándole lo que le queríamos transmitirla y que a nosotros nos era difícil hacérselo entender, pero ya sabemos que entre adolescentes se habla un mismo idioma y nosotros no sabíamos cómo decirle determinadas cosas con nuestras palabras de padres.
Por supuesto que no ha sido fácil, ha habido días de verdaderas luchas emocionales, nuestra hija por querer liberarse cuanto antes de su problema con el hándicap añadido de la adolescencia, mi hijo porque tenía que hacer su vida y disfrutar de ella, y nosotros como padres con nuestros encontronazos al dialogar sobre la situación y discrepar en los caminos a seguir en los diferentes aspectos de la vida, pero consiguiendo llegar a buen puerto.
Esta situación nos ha hecho más fuertes en nuestro día a día, nos ha ayudado a afrontar problemas conjuntos, nos ha unido más como familia, intentamos buscar la parte buena de las cosas malas, que siempre las hay.»
«Recuperación de un TCA
No recuerdo el motivo ni el momento exacto por el cual comenzó todo. Solamente me acuerdo del día en el que al fin acepté que padecía un TCA. Sé que parece raro, pero fui yo la primera que buscó ayuda. Para aquel entonces, ya había perdido 12kg y la comida y el ejercicio eran lo único que ocupaban mi mente.
Mi situación se agravó durante la pandemia, estar encerrada en casa hizo que me plantease como objetivo cuidarme más. Yo ya iba al gimnasio y había empezado a comer más sano antes del confinamiento, pero no había llegado al extremo al que llegaría meses después.
La anorexia se apoderó de mi vida, me levantaba pensando en cómo quemaría las calorías que iba a ingerir durante el día. Solamente pensaba en eso, el “yo” de antes ya no existía, era como si otra “yo” fuera quien llevara el control de todo lo que hacía, había una vocecilla en mi interior que me decía que siguiese así, que lo estaba haciendo bien. Intentaba comer lo mínimo posible y contaba las calorías de todos los alimentos que había en mi casa, me convertí en una especie de calculadora humana capaz de adivinar las calorías de cada comida que me preparaba; no dejaba que nadie de mi familia me cocinase; me daba pavor ver comida insana, empezaba a temblar cuando pasaba por el pasillo de la bollería en el supermercado. Todo esto fue a peor, llegó un momento en el que me obsesionaba con compararme con lo que comía mi hermano, y si algún día yo comía más que él, me sentía fatal y hacía más ejercicio para compensarlo…
Hoy puedo decir, que he dejado todo esto atrás. Yo siempre he sido una chica muy perfeccionista, y me gustaba tener todo bajo control para sentirme más segura. Sin embargo, me he dado cuenta de que escuchando a mi cuerpo y permitiéndome fallar es como más segura me siento.
Todavía me queda mucho por delante, pero voy por buen camino. Ahora estoy en un peso adecuado y veo la comida y el deporte como algo necesario para vivir. Mi cuerpo es el que me permite vivir y disfrutar del día a día, y he aprendido a cuidar de él y darle lo que necesita.
Recuperarse de un TCA es posible, pero al igual que la vida, es como una montaña rusa, llena de subidas y bajadas. No todo es o blanco o negro, hay una escala de millones de colores en medio. ¡Qué aburrido sería si no!
Todo esto que llevo conseguido, no lo he conseguido yo sola, he tenido el apoyo de mi familia y de profesionales que me han ayudado en cada paso que he dado. No sé qué habría hecho sin ellos.
Recuerda: no tienes la culpa de nada, un TCA comienza con una pequeña semilla que siembras sin ser consciente de ello y que poco a poco va creciendo hasta apoderarse de ti. Pero, la recuperación es posible y hay luz al final del túnel.»
«Mi TCA más preocupante, por así llamarlo, comenzó, aproximadamente, hace unos 10 años, debido a la inseguridad que provocaban en mí los comentarios ofensivos hacia mi cuerpo.
Dichos comentarios procedían de familiares y personas de mi entorno más cercano, siendo éstos recurrentes en el día a día.
Durante el período de la adolescencia, aunque cueste creerlo, por los niveles de desajuste hormonal y la época de cambios que se sufren, me mantuve firme y no permití que esos insultos calasen más de lo que debían.
Fue al comienzo de la universidad cuando, a pesar de que ya nadie hacía comentarios sobre mi, empecé a obsesionarme con la idea de un cuerpo extremadamente delgado. Baje 20 kg en cuestión de un año y medio, haciéndolo de forma responsable y con una buena alimentación.
Después de bajar ese peso y tener un índice de masa muscular apto para mi estatura, decidí, o más bien mi cabeza decidió, que no era suficiente y que aún no me veía bien, que me veía “gorda”. Ahí fue cuando comenzaron los días comiendo al mínimo, los sentimientos de culpa y las purgas.
Estuve así unos 5 años después hasta que, cansada del maltrato que ejercía mi mente sobre mi, decidí ir a terapia e intentar trabajar para poder estar tranquila. Yo lo único que necesitaba en aquel momento era tener TRANQUILIDAD.
Gracias al trabajo que llevo haciendo 2 años, junto a mi terapeuta, me encuentro en un momento más pleno con respecto a mi y a mi cuerpo. Ya no me miro al espejo y me desprecio y me maltrato, ya no tengo esa relación de odio con la comida, ni esa obsesión con el ejercicio.
Ahora lo hago todo de forma pausada y calmada y, aunque existen días malos, éstos no suponen la mayor parte de mi tiempo, al revés, cada vez son menos y más tenues.
En definitiva, ir a terapia es algo que me ha salvado y me ha dado La Paz que necesitaba conseguir y, a todas aquellas personas que estáis pasando por un momento tan duro como éste, os animo a que confiéis y os dejéis guiar por expertos, que se puede salir y se sale, que llegará un momento en el que vuestra cabeza no pueda más que vosotros, que llegaréis a estar a gusto vosotros mismos y que, sobretodo, estarás con la mente tranquila.»

Recursos públicos

Consultas externas: H. de Móstoles, H. Gregorio Marañón, H. Clínico San Carlos, H. Infanta Sofía, H. Niño Jesús, H. La Paz.

Comedores: H. Clínico San Carlos, H. Santa Cristina.

Sesiones grupales: H. de Móstoles, H. Gregorio Marañón, H. Clínico San Carlos, H. Infanta Sofía, H. Niño Jesús.

Centro de día: H. Santa Cristina, H. Niño Jesús, H. Gregorio Marañón, H. Infanta Sofía.

Hospitalización: H. Niño Jesús, H. Ramón y Cajal, H. Clínico San Carlos, H. Gregorio Marañón, H. La Paz, H. Infanta Sofía.

Asociaciones de ayuda: ADANER, AEETCA.

Información relacionada con TCA

Libros:

  • Tostadas y mermelada para el desayuno, Mary Anne Cohen. Ed. Pirámide
  • Alimentación Emocional, Isabel Menéndez. Ed. Debolsillo
  • La jaula dorada: El enigma de la anorexia nerviosa, Hilde Bruch. Ed. Paidos. Barcelona-México.2002.
  • El mito de la belleza, Naomí Wolf. Ed. Continta me tienes. 2020
  • 10 gritos contra la gordofobia, Magdalena Pyñeiro. E. Vergara. 2019
  • La buena nutrición, Victoria Lozada. E. Plataforma. 2018
  • Dietista Enfurecida, Virginia Gómez. E. Planeta. 2020
  • No más Dieta, Julio Basulto. E. Debolsillo. 2010

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Próximamente información sobre filmografía relacionada con trastornos de la conducta alimentaria.

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